Humildad

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Es cosa rara la humildad, en el momento que crees tenerla ya la has perdido.

– No hay nadie que sea demasiado importante como para no ser amable, pero muchos son demasiado mediocres para serlo.

– El orgullo es absurdo en si mismo porque de nada sirve.

– Una noche, un hombre de color caminaba por la calle 42 de Nueva York, desde la terminal hacia su hotel, cargando dos pesadas maletas. De pronto alguien tomó una de ellas y dijo en tono muy amable: ¡Pesa mucho, hermano! Déjame que te lleve una, voy en la misma dirección. El hombre, primero se negó, pero finalmente accedió a que el joven blanco lo ayudara cargándole la maleta, y así caminaron juntos varias cuadras, conversando como viejos amigos. Años después, Booker T. Washington comentó: Aquella fue la primera vez que vi a Theodore Roosevelt.

– El amor verdadero es un regalo que no requiere retribución. Amar abnegadamente es en sí una recompensa. En cambio amar por satisfacción propia o por orgullo no es amar.

– La sabiduría es humilde; no le gusta presumir ni dársela de lista.

– Los hombres verdaderamente grandes se olvidan de si mismos, por eso son recordados por otros.

– El distintivo de un hipócrita es comportarse como un cristiano en todas partes menos en su casa.

– La mayoría tenemos un hambre excesivo de reconocimiento.

– Ojo con el halago, es como el perfume, debes olerlo pero no regártelo.

– Es inevitable que el legalismo genere soberbia en nuestros corazones. – Watchman Nee

– Si aprendiéramos a ser humildes nos evitaríamos ser humillados.

– El que entona cánticos de alabanza a si mismo, siempre desentona.

– El que hace cosas dignas de consideración, normalmente no se detiene a considerarlas.

– Los que viajan por la carretera de la humildad no tienen problemas de atasco de tráfico.

– Los cánticos de alabanzas a nosotros mismos nunca obtienen un bis.

– La soberbia le impide al hombre ver sus propias faltas y las hace evidentes a los demás.

– Cuando el exito le nubla la vista a alguien, hace que todo lo vea deformado.

– Los lugares altos son resbalosos.

– Dar nuestra opinión con modestia nos de la posibilidad de cambiarlas sin sufrir humillación.

– La persona humilde no es un ratoncillo humano atormentado por sus complejos de inferioridad. Más bien es alguien que aunque moralmente sea valiente y fuerte, ha dejado de engañarse a si mismo.

– Hazte ver cuando te veas tentado a ocultarte, y ocúltate cuando te veas tentado a hacerte ver.

– La única tarea que puedes empezar desde arriba es cavar un pozo.

– La humildad hace que un hombre se sienta más pequeño a medida que se hace más grande.

– La prueba de la personalidad de un hombre es la forma en que recibe los elogios.

– No te creas una sobredosis de elogios, es como ponerle 10 cucharadas de azucar al café, pocos se lo tragan.

– Las personas llenas de si mismas suelen estar bastante vacías.

– Cuando se incha el pecho se achican el cerebro y el corazón.

– Si el creador hubiera querido que nos diéramos palmaditas en la espalda no hubiera hecho con las articulaciones diferentes.

– No podemos aducir humildad para rechazar una responsabilidad.

– Siempre debilitamos aquello que exageramos – Jean François de Laharpe

– Quien se cree demasiado grande para un lugar pequeño, es demasiado pequeño para un lugar grande.

– Tanto el corazón altivo como los picos montañoso son… áridos.

– Mejor que de un hombre se pregunten porque no se le ha hecho un monumento, que se pregunten que por qué se lo han hecho.

– No puede haber sabiduría sin humildad. – Sócrates

– Ser maduro es mostrarse indulgente ante un desprecio deliberado de alguien que conoces.

– En casa del orgullo viví una vez; con elegancia estaba decorada. De todas las casas era la más fina y yo era dueño de aquella morada. Pero en su sala no ardía el fuego y aunque abundancia de oro había, me hastié de lujo y pensé luego: La casa del orgullo es triste y fría. También viví con el conocimiento, su casa en la montaña era majestuosa y bella; el pergamino del tiempo fue mi instrumento y desde sus balcones contemplé las estrellas. Mas en su casa, austera, enorme y vacía, no divisé un solo niño. No pude oír risas ni tampoco alegría: en esa casa no había cariño. También viví con el amor en su tienda junto al río; calentó mis manos en su seno y me obsequió un sueño al quedarme dormido. Allí vivía un ser divino, que por la noche se me acercó, transformó el agua en vino y mi vida entera santificó. – William J. Dawson

BAMBÚ

En el corazón del Reino de Oriente se extendía un hermoso jardín. El Amo, aprovechando el fresco de la tarde, se paseaba por sus predios. De todos los moradores del jardín, el más bello y amado era un noble bambú de grácil silueta.
Cada año aumentaban la belleza y la elegancia de Bambú. Éste era consciente del cariño del Amo y de que aquél se complacía contemplándolo. A pesar de ello, era siempre humilde y de actitud amable. Con frecuencia, cuando el viento acudía a juguetear en la floresta, Bambú se despojaba de su dignidad y se ponía a bailar y a balancearse alegremente, inclinándose en jubiloso abandono. Presidía la gran danza del jardín, que llenaba de gozo el corazón del Amo.
Cierto día el Amo se acercó a Bambú para observarlo detenidamente. Con mirada de curiosa expectativa, Bambú inclinó su majestuoso penacho hasta el suelo, en señal de reverencia. El Amo se dirigió a él:

—Bambú, Bambú, necesito tus servicios.
—Amo, estoy dispuesto. Dime qué deseas.
—Bambú, dijo el Amo con voz grave, me veré obligado a llevarte de aquí, a cortarte.
Horrorizado se estremeció Bambú:
—¿Co… cortarme, Amo? ¿a mí, a quien convertiste en el más hermoso de tu jardín? ¿cortarme? ¡Ah, no! ¡eso no! sírvete de mí para tu placer, oh Amo, pero… ¡no me cortes!
—Mi precioso Bambú, dijo el Amo con voz aún más grave, si no te corto, no podrás serme útil.
El jardín se cubrió de silencio. El viento contuvo su soplo. Lentamente Bambú inclinó su glorioso penacho. Se alcanzó a oír un susurro. Bambú contestó:
—Amo, si no puedo serte útil a menos que me cortes, haz entonces tu voluntad. Córtame.
—Bambú, mi amado Bambú, debo también cortar tus hojas y ramas.
—Amo, te suplico, ¡ten piedad! Tálame y pon mi belleza entre el polvo. Pero ¿es necesario que también me arranques las hojas y las ramas?
—Ay, Bambú; si no te las corto, no me servirás.
El sol ocultó su rostro. Una mariposa que escuchaba el diálogo alzó temerosa el vuelo.
Bambú tembló, presa de terrible ansiedad, y asintió quedamente:
—Amo, corta ya.
—Bambú, Bambú, debo también partirte en dos y sacarte el corazón. Si no lo hago, no me serás útil.
—Ay, Amo mío, corta entonces y párteme.

Así pues, el Amo del jardín cortó a Bambú, podó sus ramas, le arrancó las hojas, lo partió en dos y le sacó el corazón. Lo alzó entonces cuidadosamente y lo llevó hacia un manantial del cual surgía a borbotones agua fresca y cristalina, en medio de las resecas tierras del Amo.

Luego, el Amo depositó a Bambú suavemente en el suelo, apoyando un extremo en el manantial y el otro en un canal que llevaría el agua hacia el campo. El manantial emitió su canción de bienvenida. El agua fresca y chispeante se lanzó con júbilo por el cuerpo rajado de Bambú, rumbo a los campos sedientos.
Enseguida se plantó el arroz. Transcurrieron los días. Aparecieron los brotes. Llegó el tiempo de cosecha. Entonces, el cuerpo de Bambú, antes erguido en su imponente hermosura, cobró más gloria aún en su humildad y quebranto. Cuando era hermoso, abundaba en vida. ¡Pero al ser quebrantado se convirtió en un canal de vida en abundancia para el mundo de su Amo!

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