CATHALUNYA: TIERRAS CATHARAS

CATHALUNYA: TIERRAS CATHARAS

 (Extraido del libro Catharland)

 “Sentía que estaba en un país donde no había necesidad de tener miedo” (Pere Mauri, Registre Fournier).

En lo que hoy son tierras catalanas, el catarismo llegó muy al principio del movimiento. En los Pirineos llenó el vacío creado por la ausencia de clérigos entre los inmigrantes que habían poblado las montañas refugiándose de las incursiones islámicas que de forma interrumpida llegaban casi hasta la Península Itálica. En muchos lugares hacía décadas que ni tan siquiera se había oficiado una misa. Se puede decir que pueblos enteros habían abandonado las prácticas de la Iglesia oficial desde hacía mucho tiempo. Cuando empezó la recesión musulmana, el catarismo se extendió por la Marca Hispánica a través de comerciantes, misioneros, tisserands (tejedores) y en especial mediante pastores trashumantes. Según está documentado, desde el inicio del movimiento ya había un buen número de creyentes en la zona, concretamente en la Cerdaña, el Ampurdán y el Rosselló que estaba plenamente integrado al condado de Barcelona.

El flujo de comerciantes que asistían a las ferias de los pueblos también iba a la inversa, de sur a norte, en especial en tiempos de tranquilidad, así encontramos credents al norte de Tolosa apodados espanhol. Desde el momento en que se sintieron libres de redadas de bandoleros islámicos, los pastores de las tierras al norte de los Pirineos, todos los años, a principios de otoño, emprendían un viaje con su ganado a través de los valles, frecuentemente con parada obligada para comprar o vender ganado y víveres (especias, pimienta, etc.) en Puigcerdà, o por lo menos para visitar amigos y familiares. Había una activa comunidad de credents en La Tor de Querol y Puigcerdà, villa que fue creada en esa época, en 1178, por el rey Alfons II. Bajaban con sus ovejas hasta donde la tranquilidad se lo permitiera, que en tiempos de Jaume I se extendió hasta las tierras valencianas lindantes con las morunas; algo curioso de los cátaros es la muy morisca costumbre que tenían de lavarse con frecuencia cuando era un orgullo de los caballeros en combate pasar semanas sin cambiarse de ropa. Los pastores regresaban de las tierras del sur poco después de Semana Santa, siendo la vanguardia colonizadora de la lengua y religión occitana. A la inversa también ocurría, en algunas zonas muy secas en verano como en Santes Creus llevaban las ovejas al Pirineo.

Tampoco hay que descartar la posibilidad que este movimiento fuera original de los mismos Pirineos, y de ahí descendiera por las dos vertientes, extendiéndose principalmente al norte porque era mucho más poblado y seguro. La base de la economía pirenaica era el pastoreo, que para ser rentable necesitó desarrollar una industria paralela de tejedores de lana.

De entre ellos proceden muchos de los apellidos típicos catalanes que constan en los anales de la Inquisición de Carcasona entre los cátaros sentenciados. Sin ponerlos a todos, pues sería muy extenso, aquí hay algunos de los apellidos de cátaros que me llamaron más la atención:

Aicart, Amiel, Andorrá, Arnau, Artigues, Authié, Autier, Aymerich, Azema, Banet, Baille, Bailles, Bar, Barberà, Barres, Bela, Berenger, Berenguer, Bonnet, Burrell, Brunet, Bures, Capelles, Cardenal, Carot (¿Carod?) Castanier (¿Castanyer?), Castel, Castell, Cathalá, Catalànes, Clement, Clergue, Compans, Coste, Germa, Gironda, Guilabert, Gras, Gros, Donat, Duran, Escaunier, Estebe, Fabre, Faure, Ferrie, Fort, Francés, Galvan, Gasc, Gouzy, Guilabert, Julia, Lagarrigue, Laurent, Magre, Malet, Mallol, Mateu, Mauri, Marti, Mercier, Minerva, Montolive (¿Montoliu?), Mercader, Mir, Orta, Ortola, Palharese (¿Pallarés?), Pagés, Pelissier (¿Pellicer?), Pere, Perles, Piqué, Pons, Pourcel, Prades, Pujol, Ramon, Raymond, Rives, Rodes, Roger, Rous, Rousel (¿Rusell?), Rousses (¿Roses?) Sabatier, Salas, Salles, Santjoan, Santmarti, Sans, Serra, Servel (¿Servet?), Sicre, Soler, Tavernier, Termes, Terra, Tolosà, Vivier, Vernet, Vital…

No necesariamente los catalanes con estos apellidos son descendientes de cátaros, pero al menos se establece una relación con la época y la acercamos más a la vida catalana presente. Tampoco quiere decir que estos apellidos pasaran todos a Catalunya en ese entonces, aunque sí la mayoría. Otros pueden provenir de otras inmigraciones, en especial la occitana del s. XVII, aunque ésta ya era muy afrancesada, pues Occitania nunca se recuperó de la devastación de los cruzados franceses, mientras que Francia le debe lo mejor que tiene a los occitanos (seguramente exagero pero dejémoslo así). No todos los de la lista, aunque muchos, fueron sentenciados a la hoguera, otros se pudrieron en los calabozos, donde una condena de varios años era equivalente a la muerte. Los familiares de los presos, por supuesto, tenían que pagar una parte de la manutención del reo, la otra la pagaba la corona francesa. Había castigos más leves como multas, confiscación de sus bienes, o el más ligero: llevar durante años un par de cruces amarillas, conocidas en occitano como las devanadoras, cosidas en la ropa que los identificaba como herejes o parias. Parecida a la estrella de David que Hitler (quien se interesó mucho por el tema de los cátaros) colocó en la ropa de los judíos. Otros con peor suerte, se les marcaba la cruz en la frente con hierro candente.

Llevarán de ahora en adelante y para siempre dos cruces amarillas en todas sus ropas, excepto en las camisetas, uno de los brazos será de dos palmos, mientras que el transversal será de palmo y medio, de una anchura ambas de dos dígitos y medio, una la llevarán en frente, en el pecho, y la otra entre los hombros. (Historia Inquisitionis, pág. 214, 1692)

Catalunya quedaba lingüísticamente dentro de la estructura occitana, no se diferenciaba como pueblo del occitano. La diócesis de Tolosa llegaba hasta Lleida, que junto con Fraga hacía poco había sido arrebatada a los taifas musulmanes (1149), es decir, que estuvieron entre los primeros repobladores. Sabemos de cierto que la estructura jerárquica cátara dejaba muchos espacios, era similar a la de los primeros siglos del cristianismo en los que cada obispado era independiente. Las iglesias locales eran también autónomas, y cuando tenían suficiente número de creyentes, erigían un obispado o diaconado, auxiliado por varios diáconos que ayudaban en su funcionamiento.

También los católicos estuvieron durante más de dos siglos bajo un obispado occitano, el de Narbona. No fue autóctono hasta el año 1118, al ser nombrado como prelado del Tarraconenses, por el papa Gelasio II, el clérigo catalán (sant) Olaguer. Era un clérigo de la orden de San Rufo de Provenza, que había sido ordenado obispo de Barcelona por el cardenal de la catedral de Magalona en Provenza, de quien dependía. La diócesis del Tarraconenses absorbió a la de Barcelona e incluía casi todo el territorio de la corona aragonesa. El que no se esté muy seguro de que los cátaros tuvieran obispado propio en Catalunya se ha interpretado como que no tenían muchos feligreses, pero la misma lectura y deducción no se ha hecho de la contraparte católica.

Algunos se han esforzado por convencernos de que el catarismo no tuvo apenas actividad en Catalunya, pero por su reacción y odio parece más bien que se sentía amenazada por su gran presencia. Esto lo refutarán los dos grandes opositores a este concepto, aliados entre si y casi fusionados: La Iglesia católica y los historiadores oficiales. Pero, Jordi Ventura insistió en que este movimiento religioso fue de gran importancia en Catalunya, tuvo un obispo en la Vall d’Aran, donde el occitano es aún lengua co-oficial, documentado como eclesia aranensis legitimada por los homine aranensis. El obispo escogido por los homini aranensis era Raimundum de Casalis (podría ser de Casau, cerca de Vielha).

Por temor a los aguerridos nobles cátaros del Pirineo, el obispo de La Seu d’Urgell pasó a vivir en Solsona, lejos de su sede, para no correr peligro, residiendo en el Castillo de Olius y en el palacio de Sanaüja. Mientras tanto el territorio quedó en manos de los predicadores cátaros de los cuales la bona dona más conocida era Esclarmonda (claridad o luz del mundo) de la familia de los condes de Foix:

Dama Esclarmonda, vuestro nombre significa que vos dais claridad al mundo y que sois pura por hacer vuestro deber, así sois de la manera como dice tan noble nombre. (Guilhem de Montanhagol).       

Cuando el ejército cruzado tomó Lavaur, Esclarmonda, con su propia hueste, atacó la fortaleza y ayudó a los bons crestians y crestianes a escaparse, conduciéndolos por las montañas hasta refugiarlos en tierras del conde de Foix, a pesar de las quejas del abad de Saint-Antonin de Pamiers (occ. Pàmias), enemigo acérrimo de la casa de Foix. El paso de personas y mercancías a escondidas a través de Andorra se convertiría en la profesión más propia de los andorranos, que ha durado hasta ahora. El meu oncle Andreu Calaf, escritor muy relacionado con el periodismo andorrano, me contaba que de joven en Andorra cuando le preguntaba a alguien cuál era su profesión, más de uno, con toda la naturalidad del mundo, le dijo que era contrabandista. La fama de Esclarmonda continuó creciendo, es conocida como la Guineueta de Foix (la zorrilla de Foix). Las investigaciones posteriores de los inquisidores mostraron que efectivamente ésta y otras acciones de rescate parecidas habían sido iniciativa de ella. Al enviudar en octubre del año 1200, a la edad de 49 años, se dedicó exclusivamente al servicio de la fe dels bons crestians. Hizo sus votos, renunció a todas sus pertenencias, que dejó en manos de su hijo, y después de año y medio de preparación fue ordenada en 1204. Recibió el consolament por imposición de manos del ancià Guilhabert de Castras, hijo mayor del perfecto Gaucelin de Fanjaus, con otras tres damas nobles.

La ceremonia se hizo en presencia de su hermano Ramon Roger conde de Foix, señor de Andorra, de Pamiers y Castillón. Uno de los principales protectores de los cátaros. Era conocido por su oratoria, educación y caballerosidad, gran aficionado a los trovadores y también era compositor. Aunque seguramente no era personalmente cátaro, varios de los miembros de su familia lo eran, entre ellas su esposa Felipa de Montcada, que fue una de las bonas donas de la zona, al igual que su ya mencionada hermana. Roger fue acusado de haber asesinado a algunos sacerdotes, y no solo no lo negó, antes le dijo al papa, que lo único que sentía era no haber matado más. No tenía mesura al denunciar las atrocidades de la Iglesia. Ante todo el concilio de Letrán de 1215 dijo sobre Folquet, el obispo romano de Tolosa:

E dic vos del avesque, que tant nés afortitz qu’en la sua semblansa es Dieus e nos trazitz… E cant fo de Tholosa avesques elegitz, per trastota la terra es tals focs espanditz que jamais per nulha aiga no sira escantitz: que plus de cinq cent melia, que de grans que petitz, i fe perdre las vidas e ls cors e ls esperitz. Per la fe qu’ieu vos deg, als seus faitz e als ditz ez a la captenensa, sembla mielhs Antecritz que messatges de Roma! (Ramon Roger ante el papa en el concilio de Letrán)

 Y os hablaré del obispo, que se ha endurecido tanto que a su parecer es Dios y nosotros traidores (…) Y cuando fue elegido obispo de Tolosa, prendió tal incendio por toda la tierra que jamás habrá agua que pueda extinguirlo; porque a más de quinientos mil, grandes y pequeños, hizo perder las vidas, los cuerpos y los espíritus. A fe mía, en sus hechos y en sus palabras y en su comportamiento ¡más parece Anticristo que mensajero de Roma!

Este señor de Andorra había sido un firme aliado y protegido de Pere II, de quien había recibido varios castillos en Catalunya, entre ellos los de Osona y Quérigut en el año 1209. Situado a 728 metros de altura, Quérigut era una de las fortalezas cátaras más impresionantes; como aún sigue en pie, permite hacernos una idea de cómo eran en esa época los castillos y de cómo se vivía en ellos. Su construcción alargada de 300 metros da un aspecto imponente. El castillo, convertido en un refugio para los perseguidos, era propiedad de un fiel aliado de los Trencavel, el caballero Jasper de Barbera, credent convencido y arisco oponente de los cruzados. Benévolo de Termes, diacono y después obispo cátaro, había residido en él, quizás hasta su muerte. El castillo cayó tras la orden de Luis IX de apoderarse de “ese nido de herejes y malhechores”. Fue uno de los últimos en acoger responsables de la Iglesia cátara. Jaspert acabaría refugiándose los últimos veinte años de su vida en tierras catalanas al amparo de Jaume I con quien tenía tan buenas relaciones que le consiguió un perdón papal. Poco antes de morir, el 4 de octubre de 1275, asistió a la boda entre Esclarmonde de Foix y el rey Jaime II de Mallorca en la Iglesia de Sant Joan el Vell en Perpiñán.

De esa época hay que mencionar a un gran poeta amigo de la nobleza cátara catalana, Guillem de Berguedà. Especialista en sirventeses, que son composiciones parecidas a las cansós pero en picante sátira. Su padre, el también Guillem de Berguedà, señor de los castillos de Berguedà, Casserres, Puig-reig, Espinalbet y Montmajor, ya era trovador y amigo de la nobleza cátara autóctona, en especial de Huguet de Mataplana. Sabemos a través de algunos sirventeses de su gran amigo el trovador provenzal Bertran de Born, que Guillem hijo tuvo gran enemistad con el rey aragonés Alfons I. Aunque en el año 1185 y siguientes parece que había hecho las paces con el monarca, ya que consta en varias ocasiones en su cortejo, como en la entrevista que el monarca celebró en el castillo de Najac de Roergue con el rey Ricardo Corazón de León. Pero su reconciliación no duró mucho tiempo. Los últimos años de vida del trovador los pasó en las luchas en territorio catlán, principalmente en las que tuvieron el vizconde Arnau de Castellbó y Ponç de Cabrera contra el obispo de Urgell. Vivió muy perseguido y era fuertemente odiado por el obispo de Tarragona. Fue asesinado en 1195/6 habiendo sido su mayor protector su fiel amigo Arnau de Castellbó. De su testamento vemos el poder feudal y económico del trovador: cinco castillos con caballeros, vasallos y las tierras correspondientes, varios lugares y masías en el Alto y Bajo Berguedá, feudos en la Cerdanya, y derechos en Caldes de Montbui y Sentmenat del Vallés. El documento también nos permite deducir que no se había casado y que no tuvo descendencia directa reconocida, todo lo legó a los templarios y hospitalarios como tenían por costumbre hacer los caballeros cátaros sin herederos. Sobre su castillo se construyó, en el s. XIV, parte del santuario de Queralt, en la cueva donde fue hallada su virgen románica presidida por una hermosa cruz cátara en medio el bellísimo macizo del Pedraforca, un lugar que las malas lenguas decían que es mágico y relacionado con la brujería catalana desde la Edad Media. Queralt era el punto final del Camí dels Bons Homes que cubre 190 kilómetros de camino largo y tortuoso con múltiples subidas y bajadas por montaña que unen el Castillo de Montségur con el Santuario de Queralt en Berga, pasando por Comús, Ax-des-Thermes, L’Ospitalet, Porta, y ya en tierras catalanas: Coborriu de la Rosa, Bellver de Cerdanya, Bagà, Gòsol, Peguera, y Berga. Muy transitado entre el s. XII y XIV, aún hoy es usado por excursionistas. El historiador catalán del s. XIX Víctor Balaguer escribió de Guillem de Berguedà:

He aquí un trovador catalán que, a ser bien conocida su historia, sería una magnífica figura para dramas, novelas y leyendas. Lo que de su vida pública se sabe, lo que de sus aventuras ha podido rastrearse, lo que de sus propias poesías se desprende, nos lo presentan, no como un tipo bueno y simpático ciertamente, sino como un hombre audaz, aventurero y turbulento, de un valor indomable, de un cinismo hasta el exceso, de una osadía sin límites, que a todo se atrevía y todo lo intentaba, a quien le sucedió alguna vez convertir su espada de caballero en puñal de asesino, y casi siempre su canción de trovador en sangrienta y asquerosa sátira, para quien no había nada seguro; nada digno de respeto, ni la santidad del hogar, ni el sagrado del templo, ni la reputación del hombre, ni el honor de las damas. (Víctor Balaguer, Historia política y literaria de los trovadores. 1878-1879)

En 1216, en el concilio cátaro de Pieusse, las tierras catalanas dejaron de depender del obispado de Tolosa y pasaron a ser del diacono Pere de Cortona quien antes de pasar a Lleida recorría las tierras de Cervera de Segarra y Berga ayudado por otro ancià autóctono, Arnau de Bretós, cuyos hermanos y madre también eran cátaros. Operaban bajo la protección del señor de Josa, cuya familia tenía estrechos tratos con la Iglesia de los bons homes y los defendía desde la imponente Sierra del Cadí, pasaban por el Camí del Bons Homes, muchos se establecieron en sus tierras. Su centro principal era en Josa, donde su señor, Ramon de Josa, refugiaba a herejes venidos del norte, por lo que fue eventualmente hostigado por la Inquisición catalana, pero siempre lo absolvieron prometiendo, sin cumplirlo, que no volvería a hacerlo. Su hijo Guillem Ramon de Josa hizo lo mismo que su padre, era protector de bons homes y quizás hasta fue creyente. Supo también ser evasivo con los dominicos, aunque finalmente después de su muerte la Inquisición ordenó la exhumación de su cuerpo y su posterior quema en una pira.

Arnau de Castellbó, consejero y miembro del séquito de Jaume I desde 1217 hasta su muerte en 1226, educó en el catarismo a su hija Ermessenda, que transmitió a la casa de Foix la herencia de Castellbó con sus derechos sobre Andorra. Ermessenda se casó con Roger IV de Foix-Castellbó. Su hijo Roger Bernat III, que también fue Señor de Bearn por su casamiento, y amigo de Jaume I, fue fiero enemigo del obispo de Urgell. No sin motivos pues el perfecto Jacme Authié, que vivía en Occitania en la ilegalidad, se refugiaba a descansar en el castillo de Castellbó, situado en la diócesis de La Seu d’Urgell, cuando volvía de sus viajes misioneros por los Pirineos y alrededores de Tolosa. Su anfitrión, Arnau del Pec, señor del castillo, lo acogía de forma espléndida. Su padre, el también perfecto Peire Authié, fue el principal asesor de confianza del conde, quien quizás recibió el consolament de manos de él antes de morir. Las guerras entre los nobles cátaros y el obispo de Urgell fueron largas y sangrientas para ambas partes, en especial en 1195 cuando las tropas unidas del conde Ramon Roger de Foix y del vizconde Arnau de Castellbó invadieron el obispado de La Seu d’Urgell y lo saquearon.

Otros caballeros cátaros de renombre en la zona fueron Pere de Fenollet, a quien le habían expropiado sus tierras en Occitania por su fe. Guillem de Perepertusa, que no quiso someterse y fue excomulgado en 1224. Después del fracaso del sitio de Carcasona, Guillem finalmente se rindió a los cruzados y el castillo cátaro de Perepertusa pasó a posesión real francesa en noviembre de 1240. Robert de Castell-Rosselló, participó en la conquista de Mallorca, cátaro declarado y encarcelado por la Inquisición, el papa, por mediación de Jaume I, lo perdonó a cambio de combatir tres años contra los sarracenos en Valencia. Un tal Arnau o Arnalt, que traducía al catalán y copiaba libros de los Padres de la Iglesia, en concreto de Agustín de Hipona, Jerónimo y Bernardo, intercalando comentarios propios. Guillem Ramon y su madre Timbors recibieron la reconciliación y el rey no les confiscó las tierras. Los condes de Ampúrias nunca ocultaron su fe cátara.

Unas familias bajaron por la ribera del Ebro aprovechando las franquicias que se otorgaban a los cristianos que repoblaban los territorios recién conquistados a los musulmanes. Siurana, en el Priorat, poco después de ser conquistada a los moros por Alfonso I fue repoblada casi enteramente por cátaros. En el año 1215, por lo menos doce de sus treinta familias eran credents según se desprende de las actas notariales del pueblo del s. XII (las segundas más antiguas de Catalunya) y por su mención en la deposición inquisitorial de Arnau Bretós como Montaneam de Siurana. Según un pergamino del año 1229 encontrado cerca del pueblo, Mateu Bonet y Pere Vidal dicen que trajeron al pueblo el tesoro de Montségur y lo escondieron en casa de Ghillem Magister.

Gallicant, les Garrigues, la Molina, Sant Marcell, Uldemolins, Vilella… no sé si existe una recopilación, pero con tiempo y lupa sería interesante un estudio en los diferentes libros de la historia local de cada pueblo en el Principado, porque es sorprendente ver que en muchos de ellos aparece alguna mención de presencia cátara. No hago aquí una lista de todos los pueblos en los que he encontrado rastros de ellos, y mucho menos mencionar a los credents conocidos por nombre.

En el año 1226 el conde de Foix Roger Bernard, casado con Ermessenda, vizcondesa de Castellbó, una reconocida bona dona, mientras aguantaba el ataque franco por el norte de su territorio se concentró en expandir y fortificar sus tierras al sur, en el interior de Catalunya. Amuralló los pueblos en el camino hacía Andorra. Ruta que usaban los cátaros que huían de Occitania. En La Seu el conflicto religioso se convirtió en excusa para luchas urbanas promovidas por el obispo para robar a comerciantes cátaros, creándose violentos bandos enemistados; por un lado gente como Guillem de Llivia y los hermanos Alsamora, y por el otro los agentes del obispo. Al final, tras varias muertes, los mercaderes implicados se retiraron de La Seu, pidieron disculpas y se comprometieron ante el obispo a no volver. Creció la comunidad local de credents al añadirse a ella hijos y familiares de perseguidos o encarcelados en Provenza, más no pocos feriantes que iban a los mercados de los pueblos y que acababan asentándose en La Seu d’Urgell. Uno de ellos, Pere de Foix, fue un comerciante y prestamista tan popular que acabó dándole el nombre a uno de los barrios de la ciudad: Pobla d’en Foix.

También se asentó allí Pere Mercer, cuyos amigos eran dos socis (soci= compañero de prédicas) locales: Joan Bernat y Bernat de Nansovell. Había varios cátaros que comerciaban con telas, como Bartomeu Babot y Ramon Barba (barba era el nombre con el que se conocía a los ancians) que se quedaron en la ciudad como lo menciona la historiadora Carme Batlle (Els origens medievals de La Seu d’Urgell, 1979). Es muy conocido en Robert D’Arles, vendedor de carne y trigo, también prestamista, que se casó con Ramona, la hija del rico banquero Ghuillem de Cerdanya, a la que Robert llamaba Francesca por su apego a los franciscanos, también reflejado en una gran donación que hizo a los franciscanos de Lleida que estaban en el círculo herético. También prestó dinero a su protector Ramon de Josa cuyo cadáver sería mandado desenterrar en una sentencia dada ante Jaume I en 1257 en Barcelona por los frailes predicadores. Robert D’Arles también adquirió propiedades en Gósol, pueblo mayormente cátaro, situado al pie del Pedraforca en cuyo cementerio aún se pueden contemplar las tumbas con numerosas cruces cátaras y templarías. Dentro del castillo de Gósol del s. XI están los restos de una villa que refugió a muchos cátaros. Hay que aclarar, que las llamadas cruces cátaras no son necesariamente tales, sino que son cruces de esa época típicas de Occitania, más concretamente de Tolosa y por eso se las ha confundido como pertenecientes a los cátaros. Claro, que los tolosanos que huyeron a Catalunya eran los cátaros, no los católicos. En Gósol la Inquisición hizo una labor muy metódica en desenterrar las tumbas de los que creían ser cátaros y quemar sus restos a fin de que estos no pudieran resucitar y estar en el libro de la vida descrito en Apocalipsis. Una vez empezada la persecución, los mismos creyentes, a veces, para evitar las quemas póstumas, volvieron a enterrar a sus muertos sin dejar señales en el lugar. En un proceso inquisitorio del año 1250 que se halla en el Arxiu Diocesà de La Seu d’Urgell dice que había pocas casas en Gosal (Gósol) en las que no hubiera un herético. En 1256 el noble Galcerán de Pinós intercedió por una quincena de sus habitantes ante el arzobispo de Tarragona:

Homines meos de Gosol quos vos tenetis captos super factum heresis… (siguen los nombres de ellos).

 Hombres míos de Gosol que usted tiene cautivos por hechos de herejia…

 Tres años más tarde, el señor Guillem de Gósol fue acusado de hereje.

En el año 1232, el papa envió al arzobispo de Tarragona y metropolitano de Catalunya la bula Declinante iam mundi vespere ad occasum, instándole a que junto a los dominicos luchara contra la herejía extendida por tierras catalanas, igual hizo con el obispo de Barcelona. También nombró inquisidor a “sant” Bernat Calbó, abad perpetuo de Santes Creus, para perseguir el catarismo pirenaicos, donde capturó a 60 de ellos

Por recomendación del inquisidor Ramon de Peñafort se reunió asamblea eclesiástica en Tarragona en febrero de 1234 para dar cumplimiento a la bula pontificia…

…con asistencia y consejo de los obispos de Gerona, Vich, Lérida, Zaragoza, Tortosa, del electo tarraconense, de los Maestres del Temple y del Hospital y de muchos abades y otros prelados. (Menéndez y Pelayo, Historia de los heterodoxos españoles. 1948)

De esta reunión salió una constitución en la que se establecía que ninguna persona laica pretendiera discutir sobre la fe católica privada o públicamente, y que nadie poseyera libros de la Biblia, tanto del A.T. como del N.T., en lengua vulgar. Era un eco de la misma prohibición dictada por el concilio de Tolosa cinco años antes contra esa misma versión de la Biblia, la Biblia cátara, seguramente la única que circulaba en lengua vulgar, de la que debió haber bastantes copias para que fueran objeto en tan gran reunión. Presionado, Jaume I decretó una constitución contra los herejes ordenando la destrucción de sus Biblias en romance.

Se manda, además que nadie tenga en su poder los libros tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento en romance. Y si alguien los tuviere que los entregue en el plazo de ocho días, a contar de la publicación de esta constitución, al obispo de lugar, para que él los queme. Si así no lo hiciere, lo mismo si es clérigo como laico, considéresele como sospechoso de herejía, hasta que rectifique.

No debían ser pocas, y algunas sobrevivieron, según el historiador Fuguet fueron fuente de información para futuras traducciones catalanas y para composiciones literarias. Al mismo tiempo Jaume I, consciente que el latín no se entendía entre el pueblo, imponía el uso del romance o catalán en otras esferas de la vida cotidiana:

Els jutges, dice este Rey, diguen en romanç les sentencies que donaran, i donen aquelles sentencies a les parts que les demanaran.

 Los jueces, dice este rey, digan en romance las sentencias que dicten, y den aquellas sentencias a las partes que se las pidan.

Como en otros lugares, la herejía penetró en la misma Iglesia, por eso dice el decreto: “lo mismo si es clérigo como laico”. Tres años después, en 1235, el papa Gregorio, preocupado por el asunto, le escribió al obispo de Vic para que junto con los dominicos investigase el caso de los sacerdotes difamados por la herejía (heretice pravitatis) en el Tarraconenses.

Como los dominicos no habían saciado sus ansias de persecución en Francia, no tardaron en pasar los Pirineos. En el año 1237 se celebró una asamblea eclesiástica en Lleida orientada a apoyar la Inquisición, pensando sobre todo en la situación en Lleida. Después del concilio, en la Cerdaña y Castellbó se desenterraron y quemaron dieciocho cadáveres, se detuvieron 45 herejes, y 15 más huidos fueron condenados en contumacia y quemaron sus casas.

Contra la herejía valdense, en el año 1242 se celebró otro concilio en Tarragona, al frente, Raimon de Penyafort, cabeza de la orden dominica en Catalunya. Fue una asamblea eclesiástica que comprendía todos los territorios de la Corona de Aragón. En esta asamblea se trató de regularizar las penitencias y las fórmulas de abjuración de los herejes. El concilio empezó estableciendo la distinción entre herejes, sospechosos, ocultadores, fautores, defensores y relapsos. Herejes eran quienes persistían en el error, como los ensabatats, es decir los bons homes, que declaraban ilícito el juramento y afirmaban que no había que obedecer a las autoridades eclesiásticas. Sospechosos eran los que escuchaban sus prédicas u oraban con ellos, es decir los credentes. Ocultadores eran los que se comprometían a no descubrir a los herejes. Fautores y defensores eran los que ayudaban o defendían a los herejes; estos serían credents o señores defensores del catarismo. Eran considerados relapsos los que, habiendo abjurado de la herejía, reincidían en ella o reincidían en la fautoría.

Por la falta de contundencia de la Inquisición catalana no tenemos tan abundante ni detallada información que refleje la magnitud de la herejía como la que tenemos sobre lo que estaba ocurriendo al norte de los Pirineos, en pueblos no muy lejanos (a dos o tres días de camino), pero algo hay. En una declaración de Joan d’Abia en 1235 ante el inquisidor (sant) Guillem Arnaud (uno de los que moriría en 1242 en la toma de Avignonet) dice que els socis Bernat de la Mota, diácono occitano, y el diácono catalán Pere de Cortona frecuentaban in civitate que dicitur Ilerda (Lleida). Según los alardes de sus perseguidores, en los pueblos cercanos también había muchos albigenses, perseguidos por quien fue el sacristán mayor de la catedral de Girona, Guillem de Montgrí, notorio cruzado contra los sarracenos de las Islas Baleares:

Predicose la cruzada y Guillem de Montgrí los derrotó completamente en 1244. Poco después reaparecieron algunas partidas de albigenses en el Montsech, llegando hasta Áger y los pueblos del abadiato de Bellpuig, consiguiendo apoderarse del Castelló de Farfaña, que se convirtió desde este momento en verdadero cubil de la herejía. (Historia de los Condes de Urgel, Lleida. 1979)

Finalmente en el año 1249, solo 5 años después de la masacre de Montségur, se estableció la Inquisición en el Reino de Aragón de la mano de Ramón de Peñafort, actual patrón de los abogados de Catalunya y santo desde que en 1665 el papa Clemente VIII lo proclamó así, para glorificar su labor quemando cientos de creyentes en Catalunya. De santo a santo, Ramon de Peñafort, como Inquisidor de Cataluña, solicitó al dominico italiano Tommaso D’Aquino (Tomás de Aquino), una obra teológica contra los cátaros que sirviera de manual para refutar las ideas heréticas que habían infectado a sus clérigos. El resultado fue la famosa Summa contra gentiles. En ella, Tomás dice que tal como para debatir a los judíos hay que conocer el A.T., para debatirse con los cátaros hay que hacerlo con la Biblia, dando a entender que éstos la conocían a fondo.

La villa de Bagá, en el límite norte de la provincia de Barcelona, fue el feudo de los barones de Pinós, señores de un extenso territorio que iba del Baridà y la Cerdaya hasta el Alt Berguedà. Algunos han relacionado al hermano de Galcerán de Pinós, Hugo de Pinós, con Hugues de Payens, fundador de los templarios, en una polémica que dura hasta nuestros días. Se dice que ambos hermanos estuvieron en la toma de Jerusalén. Un documento del s. XVIII dedicado al conde de Guimerá dice:

Declaración de la inscripción griega de la cruz de la Iglesia de San Esteban de Bagá, cabeza de las baronías de Pinós, quien de la armada que tomó Tierra Santa en el año 1110. (Biblioteca Nacional de Madrid, sign. 7.377, pág. 81-91)

Blanch, canónigo e historiador de Tarragona del s. XVII, consideraba que la extensión del catarismo en Catalunya en el s. XIII era tal, que habla así del arzobispo francés de Tarragona, Don Spargo de la Barca, muerto en 1233:

De nació francés, natural de la ciutat de Montpeller y parent molt pròxim de la reyna de Aragó. Avie en son temps cundit molt en Catalunya la heretgia dels valdenses, vinguda de Fransa, y en esta diòcesi hi havia moltas personas contaminades d’ellas. No sols en la diócesis de Tarragona, sinò ent tota Catalunya, hi avai moltas personas inficionadas de la heretgia dels valdenses, vinguda a ella de Fransa.

En Berga había bons homes administrando el consolament, uno de ellos fue Arnau Català que fue ordenado en Montségur y que años más tarde sería apresado de camino a Lombardía. Tan solo en Berga, en cuatro años, entre el 1252 y 1256 la Inquisición encontró un centenar y medio de cátaros, entre ellos los hijos de Bretós: Pere, Arnau y Ramon. El motivo por el que no hay tanta información sobre los cátaros en Catalunya es porque la Inquisición no tuvo aquí la autoridad que el rey de Francia le dio en sus territorios conquistados. Pero el hecho de que los encargados de la Iglesia fueran gente local y no misioneros del norte muestra que había una considerable mezcla de creyentes autóctonos y refugiados, y que estos últimos no estaban por encima de los catalanes. En las actas de la Inquisición se menciona que en Castellbó se celebraban reuniones cátaras:

Arnaudus de bretos, catalanus de Berga, conversus ab haeresi in Cathalunia. (En Carcasona ante su inquisidor fray Ferrer)

El bon home Andreu Bretós, de Berga, declaró ante los inquisidores haber visto a los perfectos Guillelmum Clerici diachonum et Raymundum socium eieus haeretuicus predicando en presencia del conde Arnau y de… (lista de los otros caballeros). Y era cierto, Ghillem Clergue pasó mucho tiempo en Castellbó ministrando el consolament entre los exilados. Hay también testimonios de la presencia de un diácono fijo en la villa. Otro bon home que ministraba por allí era Ponç de Narbona natural de Querol de Cathalaunia. Esto ocurría con la disimulada pero innegable tolerancia del obispo católico Pere de Puigverd, de linaje occitano, que estaba horrorizado del saqueo cruzado hasta el punto de que en el año 1230 acabó por renunciar a su cargo para retirarse al monasterio de Santes Creus donde vivió hasta su muerte veinte años después. No se sabe si el conde Arnau era uno de los cátaros, lo que sí es cierto es que amparaba la actividad de estos en la zona de Castellbó y que se había casado, por amor, en 1185 con una consagrada bona dona, Arnalda la heredera de la familia Cabot, con la oposición del obispo de Urgell. Desde antes de emparentarse las dos familias ya tenían una fuerte enemistad con el obispo a raíz de la protección que Arnau daba a los fugitivos herejes que el obispo perseguía en Tírvia y Alins de la Vall Ferrera en el Pallars Sobirà. El Pallars Sobirà pertenecía al conde Roger de Cominges, también protector de refugiados de la persecución. Era una especie de paraíso legal al que viajaban todo tipo de personajes buscando, por poco dinero, legalizar lo ilegal. En particular herencias, reconocimiento de hijos ilegítimos y matrimonios. La Inquisición, sabiendo que los cátaros no se casaban por la Iglesia católica pedía el certificado de matrimonio a los sospechosos de herejía. También muchos clérigos iban a casarse allí, ya fuera para legalizar el matrimonio ya existente con sus auténticas esposas o casarse con su concubina, desobedeciendo la nueva doctrina romana que imponía el celibato a los sacerdotes, exigiéndoles que dejaran a sus esposas. Fue Gregorio VII en el s. XI quien impuso por primera vez el celibato sacerdotal de forma obligatoria, con tal oposición que incluso el arzobispo de Maguncia, por temor a la reacción de sus clérigos, no lo quiso hacer obligatorio a pesar de que ya se había declarado que el papa es señor supremo del mundo y todos le deben sometimiento.

En el año 1256 el inquisidor Pere de Ténes y el obispo de Urgell, con un ejército entraron en Puigcerdà y Berga, tierras en las que sus señores eran favorable a los numerosos cátaros en la región, y en condiciones de ofrecer refugio seguro a los misioneros perseguidos. En los valles andorranos se escondían muchos de ellos gracias al conde de Foix, y su notable familia cátara que los protegía y había establecido libertad de culto en sus tierras. Por eso había florecido una prospera artesanía textil, que se mantuvo hasta el s. XIX. En estas tierras el catarismo perduró aún muchos años, aunque no con el ímpetu que tuvo antes de la cruzada. Como hubo no pocos cátaros de esta familia a ambos lados de los Pirineos, según los mismos datos de la Inquisición, el castigo póstumo no se hizo esperar mucho. Con Ramon de Peñafort al frente y el consentimiento de Jaume I, los cuerpos de Arnau y de su hija Ermessenda de Castellbó esposa de Roger Bernat II de Foix, que había recibido el consolament antes de morir, debían ser desenterrados para quemarlos y esparcir sus cenizas al viento. Las órdenes iban a llevarlas a cabo el inquisidor fra Pere de la Cadireta, el mismo que había ya condenado a muerte a no pocos cátaros en varias parte de Catalunya (Siurana, Prades…).

Viendo los herejes que en las tierras de Urgel donde acostumbraban a tener su fortaleza, se había puesto un tan grande enemigo suyo, como era fray Pedro, resolvieron matarlo. (Fray Antonio Vicente, Historia general de los Santos y Varones ilustres del Principado de Cataluña, Gerona. 1630)

La gente del pueblo de Castellbó, enfurecida, se lio a pedradas contra él hasta matarlo en las afueras del pueblo, según relata Esteve d’Albert en una dramática poesía sobre lo acaecido, por los que a los habitantes del pueblo se les conoce como mata-sants. En el relato del Santo Oficio se dice que se había demostrado que:

Ermessenda era una de las bones dones porque en su casa nada más entrar ya se respiraba el ambiente hereje. (Acta de Santo Oficio)

El beato Pedro de la Cadireta, gran lumbrera de la ínclita orden fundada por santo Domingo, floreció en el siglo XIII de esta ciudad (La Seu d’Urgell) y en 1279 derramó su sangre en defensa de la fe en Castellbó, bajo furor de los albigenses que lo mataron, cual a otro san Esteban, a pedradas, atado en una silla. (Corts Peyret, Historia de La Seo d’Urgell pág. 237)

A este nativo de Moià, Pedro de la Cadireta prior y fundador del convento de La Seu d’Urgell, y a su compañero Ponç de Planella, también de Moià, que murieron ese día, aunque no es seguro si en Castellbó o en la misma Seu, se les comenzó un proceso de canonización en 1866 que no se finalizó. No queda claro si Pere tenia de apellido de la Cadireta y se le mitificó muriendo atado a una silla, o si murió así, por lo que se le apodó de la Cadireta (sillita o taburete en catalán). No fueron los únicos dominicos asesinados en la zona, también murió a manos de los protectores de los cátaros fray Bernat de Travesseres en La Seu d’Urgell en 1260, venerados todos como santos de forma extracanónica.

Durante la guerra, las mujeres nobles con sus hijos, consortes y damas de compañía bajaron paulatinamente a instalarse en Catalunya, donde gozaban de protección y simpatía, lejos de la jurisdicción del “santo” rey de Francia, que era uña y mugre con la Inquisición. Otros entraron por el antiquísimo Coll de Panissars (Girona, cerca de la Junquera), camino que ya era aprovechado por los romanos, y donde los almogávares catalanes derrotaron a las fuerzas papales y francesas en 1285, dando por finalizada la cruzada contra la corona aragonesa. Algunos se afincaron en lugares poco poblados del norte de Girona, como Puig Miralles, cerca del Puig dels Homes, cuyo nombre es quizás una referencia a aquellos bons homes. Otros se extendieron hacia tierras más pobladas. En Llinars del Vallés (Barcelona) se encuentra la fortaleza de Castellvell que, según revelaron las excavaciones realizadas por Luis Monreal Tejada, fue habitada por cátaros durante el s. XII y parte del XIII. Sus propietarios, de nombre Far o Del Far, mantuvieron serios enfrentamientos con las autoridades religiosas de Barcelona. La Ciudad Condal tuvo también su iglesia cátara, según algunos, se reunían un día a la semana cerca del templo prerrománico de Sant Pau del Camp, actualmente en el barrio del Raval. Los reyes catalanes lo permitían aunque no oficialmente, pero muchos señores feudales como Ramon de Josa, Ramon de Castellarnau, Berenguer de Pi, Arnau de Castellbó eran abiertamente sus defensores.

La buena relación del conde Arnau con el maestre templario Guillem de Mont-rodon (Montrodom) permitía que los templarios protegieran el tránsito de los exilados occitanos. Guillem de Mont-rodon, fue Mestre del Temple al Regne d’Aragó, Catalunya i el Comtat de Provenças. Había luchado al servicio de Pere II en la batalla de Las Navas de Tolosa y Muret. Fue él quien rescató a Jaume I de las manos de Simón de Montfort y cuidó personalmente de su educación. Jaume I lo tenía en gran estima por su lealtad y lo nombró, en 1220, Procurador General de les rendes reials a Catalunya. Las comunidades templarías como las de Sant Llorenç de les Arenes y Masdéu se convirtieron en centros de acogida para faydits demasiado ancianos o enfermos para seguir luchando. A cambio parece ser que los templarios recibieron considerables herencias y prestaciones económicas, que no les duraron mucho tiempo, pues fueron excomulgados por el obispo de Girona.

También operaba en la zona un perfecto catalán de nombre Ghuillem de Sant Mele, y el diácono catalán Felip Catalá, quien fue a Lombardía para ordenarse en 1262, llegó a ser hijo mayor del obispo de Tolosa Bernard Olivé, por lo que se encontraba en Pravia (Lombardía) en 1277 cuando el obispo tolosano pasó al exilio. Muchos de los que deseaban ordenarse para el ministerio viajaban a Lombardía a prepararse antes de recibir allí el consolament, pasando un tiempo de aprendizaje en un lugar tranquilo para luego, algunos, regresar a su país. Así escribió uno de los ancians occitanos residente en Lombardía a Bernard Martí: “Aquí vivimos en la tranquilidad y la paz”.

Los señores feudales, interesados en afianzar su posición ante la Iglesia, eran propensos a la adopción de esta doctrina que comportaba la supresión del poder terrenal de la Iglesia. Pero fue con el desarrollo y expansión de la burguesía que el catarismo consiguió su mejor incursión en la sociedad catalana, porque su doctrina no solamente no condenaba las actividades mercantiles, sino que incluso las favorecía. La transformación social y las nuevas tierras necesitaban de ellos. Nueva economía, menos poder eclesiástico y más burgos e industria. Nivelar las clases sociales, repoblar las tierras conquistadas a los sarracenos y sobre todo… dinero para financiar todo esto, algo que los cátaros tenían y sabían administrar bien. Uno de los tesoreros cátaros viviendo en Catalunya era el perfecto Ramon de Castellnou de Estretefonds, pueblo al norte de Tolosa, hombre alto con fuerte acento tolosano, de unos 40 años y algo canoso, según pone en el Registro Fournier. Le dio a su sobrino la cantidad de 16.000 piezas de oro para que las pusiera, según le declaró ambiguamente a Fournier, en un lugar seguro en Lombardía, Sicilia o Catalunya. Las monedas de oro medievales pesaban entre 8 y 9 g, por lo que está hablando de más de 120 kilos de oro.  Los registros de la Inquisición pierden la pista de este dinero, lo único que saben es que Ramon estaba en Catalunya esperando encontrarse con su sobrino que no se sabe si apareció, y si lo hizo no se lo diría a Fournier. También sabemos que los hermanos Authié, al regreso de Lombardía, lo primero que hicieron fue depositar donde el cambista Ramon Ysalguier un dinero que traían. Pero había transacciones menores, como una ofrenda de 5 chelines barceloneses que la abuela de Joan Pelisier, según relata este hereje condenado a las mazmorras en 1329, le dio a Joan Mauri para que se lo llevara a los ancianos en Catalunya. También consta en las detalladas actas de la Inquisición, que Pere Mauri compró un rebaño por valor de 1.000 chelines en Puigcerdà a un tal Ramon Barri, con dinero de la Iglesia y lo condujo a los pastos del Calig, y de allí más al sur.

Los capitales que los refugiados albigenses introdujeron en Catalunya contribuyeron decisivamente al desarrollo del comercio catalán. (Enciclopedia Salvat)

Mucho se ha buscado y muchas fábulas se han escrito sobre el tesoro de Montségur; no se sabe cuánto era, lo cierto es que los ocupantes tenían un activo comercio que se realizaba en monedas y tenían también unos ahorros, quizás en metales preciosos, lingotes o joyas. Cuando se vieron asediados colocaron su tesoro a buen recaudo fuera de Montségur, en manos de un cátaro de confianza, Ponce Arnau de Castellverdum. La víspera de la caída de Montségur, cuatro perfectos, Amiel Aicart, Hugon, Peytavi y Pere Sabater se descolgaron por el acantilado llevando algo poco pesado pero de gran valor para ellos. Luego recuperaron el tesoro y lo volvieron a esconder. ¿Qué se hizo después? ¿Y qué era lo que sacaron la segunda vez? Lo único que sabemos es que los cuatro se reencontraron en Catalunya en el castillo de Usson de Bernart de So, donde la esposa del señor del castillo era la bona dona Esclarmonda de Foix.

En Lombardía y Catalunya los cátaros desarrollaron la industria textil, pasando de hilar la lana a mano con una peineta a hacerlo con un par de ruecas rectangulares; un telar por el que se pasaba la lana de un cuadrante al otro: la rueda de hilar. Además de ser más rápido, dejaba las fibras cortas intactas; luego el sistema se extendió por el resto de Europa siguiendo la corriente oeste a este, y un par de siglos después llegó hasta la China. La ruta entre Occitania y Catalunya se conoció a partir de entonces como El Camí de la llana, porque con los cátaros circulaba por ella mucha mercancía textil, pasando por Perpinyà, Vilafranca de Conflent, Puigcerdà, Ripoll, San Juan de las Abadesas, Sabadell y Terrassa, que era un pueblo de muy escasos habitantes, muchos de ellos dedicados a la producción de tejidos derivados de la lana, y, llegando hasta Tortosa y Morella (Castellón).

La industria más significativa de todo el Medioevo fue, no solo en Catalunya sino en toda Europa, sin duda alguna, la textil. En cambio, como los cátaros poco se adentraron en Castilla, gran productora de lana, en su mayor parte siguieron importando telas durante siglos pues no consiguió despegar como potencia textil hasta que familias vascas como los Ortega-Duaso (antepasados míos) establecieron a principios del s. XVIII fábricas textiles en Palencia, manufacturando las conocidas mantas palentinas. La notable industria textil catalana duró hasta nuestra generación cuando se trasladó a países del hemisferio sur con mano de obra más barata.

La persecución los impulsaba a emigrar fuera del eje francés. Un documento cátaro escrito en occitano acerca del Padre Nuestro, descubierto en 1960 por el belga Theo Venckeleer en la Biblioteca del Trinity College de Dublín dice así:

Daros cuenta de hasta qué punto las palabras de Cristo contradicen a la maligna Iglesia romana. No solo no es perseguida, ni por el bien ni por la justicia que deberían habitar en su interior; al contrario, es ella quien persigue y mata a todos cuantos se oponen a sus pecados y a sus prevaricaciones. Y no huye de ciudad en ciudad, sino que señorea sobre las ciudades y los pueblos y las provincias, y se asienta con toda grandeza en las pompas. (La traducción completa de los documentos cátaros se encuentran en el libro, Los documentos cátaros)

De los evangelios deducían que la persecución es parte de la vida cristiana, como se le explicó a Pere Mauri, pastor que recorría toda Catalunya con sus ovejas:

Se nos denomina herejes porque el mundo nos odia, lo que no es de sorprenderse, ya que también odió a nuestro Señor, a quien también persiguieron y a sus apóstoles. Y somos odiados y perseguidos por causa de su ley, que observamos constantemente, y los que son íntegros y quieren mantenerse firmes en la fe sufren ser crucificados y apedreados cuando caen en las manos de sus enemigos, como hicieron los apóstoles, y no vacilarán en una sola palabra de su firme fe. Porque hay dos iglesias, una que huye y perdona y la otra que golpea. (Registre Fournier folio 249)

Los mismos inquisidores parecían concordar con este punto:

Dicen de sí mismos que son cristianos buenos, que no juran, ni mienten, ni hablan mal de otros; que no matan a hombre ni a animal, ni nada que tenga aliento de vida, y que tienen la fe del Señor Jesucristo y su evangelio tal como la enseñaron los apóstoles. Ellos afirman que ocupan el lugar de los apóstoles, y, por motivo de las cosas antes mencionadas, es que la Iglesia romana, a través de los prelados, los clérigos, y los monjes, y especialmente los inquisidores de la herejía, los persigue y les llama herejes, aunque son buenos hombres y buenos cristianos, y que son perseguidos así como lo fueron Cristo y sus apóstoles por los fariseos. (Bernard Gui, Manual del Inquisidor. Principio del s. XIV)

Mientras la cruzada albigense destrozaba Occitania, lo contrario ocurría en Catalunya, el catarismo salió reforzado, con gente nueva y purificada por el crisol de la persecución. Esto hizo que las tierras catalanas prosperaran más. El rey Jaume I, que era occitano, nacido en Montpellier en 1208, de madre y abuelos de la misma ciudad, obvió la destrucción de Catalunya redirigiendo la animosidad guerrera romanistas y la codicia de los caballeros y mercenarios hacia otros infieles, los musulmanes de las Islas Baleares, Valencia y Murcia, que poco les habían hecho y con quienes incluso a veces los condes de Barcelona habían sido aliados y amigos. Sagaz diplomático, mientras era acompañado por los inquisidores tenía a la vez grandes amigos cátaros y debía mantenerlos así. Era consciente de las estratagemas clericales y del ansia de tierras de los reyes capetos. Luis IX incluso exigió sus derechos sobre los condados de Barcelona, Besalú, Ampurdán, Rosellón, y Conflent, a pesar de que ya habían pasado tres siglos desde Guifré el Pilós (Wifredo el Velloso). Los francos consideraban que era su derecho recuperar las tierras de la Marca Hispánica que crearon y de la que se habían independizado ilegítimamente sus señores, para ellos, los condados catalanes no era sino una extensión de Occitania, en sangre y lengua, además de conflicto religioso. Podríamos decir que Catalunya es el pedazo de tierra que no consiguieron retomar los francos. Por el tratado de Corbeil de 1258 Jaume renuncia a los territorios que Francia había adquirido en la cruzada, y Luis IX reconoce la legitimidad de Jaume I como sucesor de Carlomagno. Es la legitimización de la independencia de Catalunya.

Jaume I sabía que la Inquisición era el arma de avanzadilla del rey francés, por lo que sería mejor tenerla en su mano y no en la del rey de Francia, al mismo tiempo guardaba un sano, pero arriesgado, equilibrio con los caballeros herejes catalano-occitanos, que lo defenderían de los cruzados francos si seguían extendiéndose hacia el sur. Con frecuencia intercedió para la absolución de condenados o excomulgados cátaros. Por ley inquisitorial, las tierras y posesiones de los que eran ejecutados pertenecían al rey, pero a diferencia del rey francés, el catalán siempre se las entregaba a sus justos herederos, incluso sabiendo que éstos eran de la misma religión que el sentenciado. Vemos que cuando en Perpiñán quemaron al faydit Bernat de So, esposo de Esclarmonda de Foix, el rey entregó sus tierras a su hijo Guillem de So. Lo mismo sucedió con las confiscaciones de perseguidos en Lleida. No hizo una orden general sino devoluciones, de una en una, a los hijos de cada difunto. Con frecuencia recurría contra excomuniones o sentencias, como la del leridano Joan Espaer, sentenciado a cadena perpetua por criminis heretice pravitatis (crímenes de perversión herética). También en Lleida consiguió sacar de la cárcel a Eimerich de Sant Melió, familiar de Pere Sant Melió, su secretario real, recluido por catarismo. Luego absolvió de lo mismo a su hermano Guillem.

El francés René Neilli, gran estudioso de los cátaros, dice que enfatizaban mucho lo que el apóstol Santiago dice sobre las obras:

La foi sens œuvre est morte se plaisaient-ils répéter.  (Rene Neilli, Ecritures Cathares, Paris, 1959)

De las ideas de Santiago (heb. Iacob) sacaban no solo la enseñanza de que la fe sin obras es muerta, sino muchas de sus doctrinas. La conexión de la epístola de Santiago con las creencias cátaras es sobresaliente:

  1. No se daban el título de apóstoles, al igual que no lo hace Santiago, que se menciona a sí mismo simplemente como siervo de Dios, mientras que los demás apóstoles lo ponían en el encabezado de sus epístolas.
  2. Eran los únicos cristianos que no le echaban en cara al pueblo judío la muerte de Jesús. Santiago saluda al pueblo judío sin recriminación alguna.
  3. De los pocos títulos que usaban estaba el de ancians y obispos, muy nombrados en su epístola.
  4. 1 se refiere a cómo afrontar diferentes pruebas de las que los cátaros no sufrían pocas.
  5. Llamaban a sus creencias la entendensa del be, relacionado con Stg. 5 sobre la necesidad de tener sabiduría.
  6. Eusebio, en Historia Eclesiástica, s. IV, dice que Santiago era vegetariano.
  7. Santiago exhorta radicalmente a las buenas obras, al cuidado de las viudas y huérfanos, apartarse del mundo, a no hacer acepción de personas y en contra de la vestimenta ostentosa y la mucha pompa. Es casi un resumen de los puntos fuertes de la creencia cátara, incluyendo el estar ahora bajo la ley de la libertad y no la de Moisés.
  8. 4 y 5 están dedicados a apartarse del mundo, no físicamente sino de la mundanalidad, que es uno de los puntos que más enfatizaron los bons homes, pero con la permisividad que da Santiago para hacer negocios y comercio con ganancias honradas, de lo que los cátaros eran expertos. Dice que lo que testifica en contra no es el oro o la plata sino el moho, por no ponerlo en uso (la plata se negrea cuando no se usa, pero cuando se toca con frecuencia, se mantiene brillante).
  9. El libro exhorta a la muy cátara prácticas de no jurar, imponer las manos para la sanidad de los enfermos, remisión de los pecados comunal, de donde basaron el meilhorament y el consolament.
  10. El léxico de Santiago se ve reflejado en el cátaro, eran muy dados a usar imperativos para exhortar a sus oyentes a abandonar sus prácticas erróneas y encauzarse por la entendensa del be. Santiago, en su corta epístola, de solo 108 versículos, usa casi 60 imperativos.

Esta epístola no fue inicialmente considerada canónica y era poco leída en los primeros siglos del cristianismo. Fue el último libro en entrar en el canon del N.T., poco antes del papa Silvestre. Curiosamente, el libro de Santiago fue declarado deuterocanónico por el concilio de Trento de 1536. No debe ser una coincidencia que el Llibre dels feits del Rey En Jacme empieza con algo que evoca el catarismo:

Retrau mon senyor sent Jacme que fe sens obres morta és. Aquesta paraula va voler complir Nostre Senyor en els nostres fets.[]

Por si no quedara establecida la influencia que recibió de sus muchos amigos cátaros y de la educación templaria de su infancia, hay que decir que Jaume I tenía la costumbre, casi como un ritual, de abrir las Corts Catalanas con un: Bona gent.

Se dice que Jaume I (en castellano Jaime, Santiago o Jacobo) de pequeño lo llamaban por su primer nombre, Pere (Pedro), como su padre, y luego utilizó exclusivamente el de Jaume (Santiago). En la Gesta Comitum Barcenonensis es llamado Petrus Jacobi, y con tal nombre aparece en los documentos con los que su padre pacta su matrimonio con Auriambaix d’Urgell (1210) y Amícia de Montfort (1211). Pero de mayor abandonó el primer nombre y uso solo el de Jacme.

Tampoco persiguió a los judíos, compañeros de penurias de los cátaros, los favoreció e incluso hizo de árbitro en sus disputas internas.

Que sea de conocimiento general que Jaume I y (…etc.), os concede a toda la congregación de los judíos de Barcelona dándoos nuestra licencia y permiso para que podáis elegir entre vosotros dos o tres hombres honrados y dignos (prohoms), o más si lo deseáis, de acuerdo a vuestra comprensión, que investiguen con diligencia y vean qué personas participan en cualquier locura o insultan con palabras dañinas a los demás judíos de bien (prohoms), quienes tendrán la facultad de imponer sanciones y multas, que nosotros recibiremos, y que en nuestro lugar deben darse a nuestro agente de Barcelona. Por vuestra propia autoridad entre vosotros, incluso podrán expulsarlos de la zona de residencia de los judíos o incluso fuera de Barcelona, si lo creyeran conveniente. También podrán juzgar casos entre vosotros de la ley, o sobre quejas y pleitos de un judío contra otro. (Concesiones reales a la comunidad judía de Barcelona. 1241) 

Antes que ver a sus súbditos convertidos en víctimas de la represión, Jaume I prefirió encauzar las posibilidades económicas y humanas de las familias de refugiados occitanos y pirenaicos sospechosos de herejía, hacia empresas de reconquista o repoblación de Baleares y Valencia. Aunque era sin duda alguna católico, no en vano había sido educado por los templarios después de ser recuperado de manos de Simón de Monfort, que lo tenía cautivo para que se casara con su hija Amicia.

Al enviar la Inquisición agentes dobles a tierras catalanas para desmantelar los grupos de cátaros que operaban en estas tierras, diseminados por los valles pirenaicos, se esparcieron por todo el nuevo territorio a medida que se iba conquistando a los musulmanes. En el Valle de Porrera, en Tarragona, había una comunidad con Aimericum et Raimundum Arquerium socium eius ahereticos, y Bernat Narbonès y su esposa Francesca, su hermano Pere, Arnau, Pere Girberga, Mestre, Pere d’Urgell… etc. Otras comunidades estaban esparcidas por las montañas de Gallicant y Montsant. En el Mas Narbonés estaba el perfecto Ghillelmum Catalani socium ipsius testis enviado por el obispo Bertrand Martí residente en Montségur. Pratdip, Morella, Prades, l’Arbolí, Cornudella también se convirtieron en centros de catarismo.

Cuando en Occitania arreció más la persecución los cátaros huyeron en raudales. Hubo una minoría que se refugió fuera de su zona lingüística, en Bosnia. La mayoría fue hacia los extremos de su zona lingüística, donde ya se encontraban algunas de sus congregaciones, que los acogieron con hospitalidad fraternal; unos a la corona aragonesa, y otros a los valles alpinos y Lombardía, donde el occitano era la lengua más hablada por encima del italiano. Allí disfrutaron de la protección de los gibelinos, enemigos del papado, hasta que estos fueron expulsados, entonces, allí empezó la persecución con una quema masiva de cátaros. En 1269 en Piacenza quemaron 28 carretas llenas de cátaros (Anales de Milán) y otros tantos el 12 de febrero de 1278 en Verona, aunque, según el Registro Fournier siguieron allí aún bastantes años más. Muchos entonces fueron al sur, a Sicilia.

Los que descendieron por los Pirineos, pasaron por las ciudades que había fortificado el conde de Foix y señor de Andorra. Por su proximidad geográfica los habitantes del Rosellón y la Cerdaña, donde la mayoría de la nobleza era cátara, tenía amplios nexos con el Lengàdoc de tipo familiar, militar o comercial. Atravesando las montañas se extendieron por toda Catalunya hasta Tortosa, anexionada en 1148, que inicialmente limitaba con tierras musulmanes y que era un lugar de encuentro entre las culturas cristianas e islámicas. Cuando Jaume I ensanchó los territorios hasta Murcia, algunos cátaros lo siguieron. A pie se tardaba menos de una semana en pasar los Pirineos y descender hasta el Ebro. Otros descendían por Perpiñán, que era una floreciente ciudad libre, con derecho a elegir sus cónsules, y con magistrados que tenían derecho de ma armada (mano armada), y pasaban al Ampurdán. Los faydits se fueron asentando en Catalunya a pasar su vejez, después de haber perdido sus castillos. Muchos fueron acogidos por señores feudales locales; algunos en la misma corte real. Los hijos de los faydits occitanos, ya con cultura catalana, fueron protagonistas de las huestes reales, como Oliver de Termes, hijo mayor de Ramon de Termes, señor de no pocas tierras occitanas y muerto en la prisión de Carcasona, pasó su adolescencia en Catalunya y se alistó en la conquista de Mallorca. Todos estos hijos de caballeros exilados formaron parte en la construcción del espíritu catalán. También lo harían los trovadores que se exilaron en estas tierras, como Ramon de Miraval, uno de los más famosos de su época, gran amigo de Ramon VI de Tolosa y de las bones dones. Le escribió a Pere II animándole a apoyar la causa occitana:

Si toma la guardia de Carcasona será emperador de la proeza… entonces podrán damas y amantes recobrar la alegría de amar que han perdido.

Después de la derrota de Murèth, y desposeído de sus tierras por Simón de Montfort, se exilió en Lleida, como muchos otros, a componer y vivir tranquilo hasta su muerte.

Según algunos historiadores, a finales del s. XIII la población de origen occitana en Catalunya era, con sus descendientes y emparentados, más del 50% de la población. No deben ser datos exagerados porque sabemos que después del éxodo, los pocos señores occitanos que quedaron en Provenza y los nuevos terratenientes francos tuvieron que reclutar miles de campesinos del norte de Europa para que trabajaran sus tierras abandonadas, creando comunidades enteras de nuevos pobladores de habla francesa.

El gran número, y potencia económica de los credents en Lleida, hizo que siguieran tranquilamente operando en la ciudad durante todo el s. XIII, en el que siguieron llegando exilados de Poitiers, Languedoc, Gascuña y Provenza. Eran tantos en la ciudad que hasta en un registro de la cancillería real hay un empadronamiento para la reconciliación que dicta así:

Forma remissionis factorum hominibus ilerdenses per facto heretice pravitatis.

Andorra, hermoso país en los Pirineos, le debe su nacimiento a la familia cátara de los condes de Foix. Los bons homes y en especial bones dones tuvieron tanto peso en el nacimiento del país que su misma existencia está ligada a la llegada de los herejes. En el año 1277, el conde de Foix, que había ya perdido miles de sus vasallos ante los romanistas, entró en los territorios de la Iglesia con mil caballeros y diez mil soldados de infantería. Primero se apoderó del Castell del Pla de Sant Tirs y luego asedió La Seu. Inmediatamente el rey catalán intervino para llegar a una solución. En 1278 se firmó en Lleida un pariatge, tratado de paz entre el obispo Pere d’Urg y el conde de Foix Ramon Bernat III. El rey se encargó de la ejecución del acta y el papa Martín IV dio su aprobación. Por el lado andorrano el notario fue el perfecto Peire Authié quien redactó los textos oficiales del pacto. Entre los firmantes había reconocidos cataros como Jaspert de Barberá (Yatberti de Barbarano o su hijo).

Diez años después se firmó un segundo pariatge en el que otorga, entre otros, el derecho a nombrar por ambas partes unos notarios que los representen en el Principado. El original del acta del segundo pariatge fue escrito por el mismo Authié de su puño y letra, en el que consta como notario con el nombre latinizado de Petrus Auterit, como aún se puede ver en el documento original del: Tratado entre el conde de Foix, el conde de Pallars y el vizconde de Cardona, procedente de Peire Authié, notario condal, que se encuentra en los Archivos Nacionales de París. Este pariatge es considerado como el primer instrumento jurídico del régimen de co-soberanía andorrano entre el conde de Foix y el obispo d’Urgell. Así es de claro y documentado el hecho de que la independencia de la que goza este estado libre, cuyo único idioma oficial es el catalán, la debe al resultado de las luchas entre la nobleza cátara y la Iglesia católica. También se acordó que el segundo hijo del rey catalán se casaría con la hija de los condes y que la Iglesia perdonaría a estos de:

Algún crimen de los interesados Arnau de Castellbó y su hija Emerssenda… y por la muerte y asesinatos tanto de caballeros como de clérigos y villanos, y la destrucción de castillos y haciendas perpetrados por ambas partes y por sus predecesores.

El pueblo, con los años, bajo el peso de los sucesivos obispos de Urgell, volvió o fue por primera vez a la fe católica, aun cuando el país debe sus fueros a la herejía. El argumento que utilizó contra los cátaros fue demonizarlos, presentarlos como un culto supersticioso y demoníaco. Usando leyendas fantasiosas como la que aún circula en torno al hermoso lago andorrano de Engolasters. Lugar de paso de los cátaros que huían del país de Foix, buscando la protección en las tierras de la corona aragonesa. Los católicos atribuyeron a los herejes satanismo, brujería y la adoración al gato, llamándolos gàtars en vez de càtars, formando la leyenda de Engolasters, en la que las brujas salen a bailar desnudas a hacer sus rituales y pactos, en la que se intuye una obvia propaganda contra los cátaros. Pero, ese mismo lugar, Engolasters, es objeto de otra leyenda de sentido opuesto, narra cómo los trovadores iban de pueblo en pueblo cantando baladas en las que se contaba a los parroquianos el castigo que recibieron quienes maltrataron a los pobres de Crist, tal como allí se conocía a los cátaros. Pasados los siglos…

La Vall d’Andorra no sols quedà libre dels furors de la guerra en la contienda dels Comtes de Foix ab els Bisbes, sique també del errors y heretgias Albigenses ab que los de Foix infectaren lo Biscomtat de Catellbò. (Fray Tomàs Junoy, superior del convent de Puigcerdà, 1835)